jueves, 1 de septiembre de 2011

Saga Wallflowers 3: El diablo en invierno de Lisa Kleypas

El diablo en invierno



Cuatro jóvenes damas de la sociedad londinense se unieron para buscar esposo. Se llaman a si mismas Las Wallflowers.
  
  Ahora le toca el turno a Evangeline Jenner, la Wallflower más tímida que será también la más rica cuando cobre su herencia. Como primero debe escapar de las garras de sus codiciosos parientes, Evie acude a Sebastian, vizconde de St Vincent, un conocido calavera, con una propuesta increíble: ¡que se case con ella!
  
  La fama de Sebastian es tan peligrosa que treinta segundos a solas con él arruinan el buen nombre de cualquier doncella. Aun así, esta cautivadora jovencita se presenta en su casa, sin acompañante, para ofrecerle su mano.
  
  Pero la propuesta impone una condición: después de la noche de bodas, el matrimonio no volverá a tener relaciones íntimas. Evie no desea convertirse en uno más de los corazones rotos que Sebastian desecha sin piedad, lo que significa que estará obligado a esforzarse más para seducirla, o quizás entregar por primera vez su corazón en nombre del verdadero amor.



Mi libro favorito de esta saga. La evolución en la relación de los personajes es impactante. Como él que se ve tan duro y frío finalmente acaba coladito con ella, cosa que nadie esperaba. Y ella, que en los demás libros se la ha visto como tímida y débil, se muestra como una mujer decidida, tenaz, luchadora y fuerte.
Sin duda un libro maravilloso.




Cogió un peine y fue al palanganero para peinarse el pelo mojado. La esquina del 
espejo que había sobre la jofaina le ofrecía una vista parcial de la cama, y vio que Evie 
lo estaba mirando. 
—¿Esta noche me toca hacer de perro del carnicero? —murmuró sin volverse. 
—¿De perro del carnicero? —repitió Evie, confundida. 
—El perro que está en el rincón de la tienda y no se le permite tocar la carne. 
—La comparación no es demasiado halagüeña para ni... ninguno dé los dos. 
Sebastian hizo una pausa al detectar que volvía a tartamudear. «Estupendo», pensó 
con crueldad. No estaba tan tranquila como aparentaba. 
—¿No vas a contestarme? —insistió. 
—Lo siento, pero pre... preferiría no volver a te... tener relaciones íntimas contigo. 
Atónito, Sebastian dejó el peine y se volvió para mirarla. Las mujeres jamás lo 
rechazaban. Y el hecho de que Evie lo hiciera después de los placeres de esa mañana le 
tocó el amor propio. 
—Me dijiste que no te gustaba acostarte con una mujer más de una vez —le recordó 
ella medio excusándose—. Dijiste que sería muy aburrido. 
—¿Te parezco aburrido? —repuso él sin que la toalla hiciera gran cosa por disimular 
el contorno de su erección. 
—Supongo que eso depende de la parte de tu cuerpo que uno mire —farfulló Evie, y 
bajó los ojos hacia la colcha—.Te re... recuerdo que tenemos un acuerdo. 
—Eso siempre puede modificarse. 
—Pero no lo haré. 
—Me temo que tu rechazo huele a hipocresía, cielo. Ya te he poseído una vez. 
Repetir no afectaría en nada a tu virtud. 
—No te estoy rechazando por una cuestión de virtud. —Su tartamudeo desapareció 
al recobrar la compostura—. El motivo es otro. 
—Me muero de curiosidad. 
—Autoprotección —dijo Evie, y se esforzó para mirarlo a los ojos—. No tengo 
ningún inconveniente en que tengas amantes. Es sólo que no quiero ser una de ellas. El 
acto sexual no significa nada para ti, pero sí para mí. No quiero que me lastimes, ycreo que eso sería inevitable si aceptara acostarme contigo. 

Sebastian bullía por dentro. 
—No voy a disculparme por mi pasado. Se supone que un hombre debe tener 
experiencia. 
—Según tu historial, has adquirido la de diez hombres. 
—¿Por qué debería importarte eso? 
—Porque tu... tu historia romántica, por decirlo educadamente, es como la del perro 
que va a la puerta trasera de las casas para que le den sobras de comida. Y yo no 
quiero ser una puerta más. Eres incapaz de ser fiel a una mujer, ya lo has demostrado. 
—Que nunca lo haya intentado no implica que no pueda hacerlo, zorra quisquillosa. 
Sólo significa que no he querido hacerlo. 
Evie se puso tensa. 
—Te agradecería que no dijeras groserías. 
—Me pareció oportuno, dada la proliferación de analogías con cánidos —espetó 
Sebastian—. Y, por cierto, ése no es exactamente mi caso, porque las mujeres me 
suplican a mí y no al revés. 
—Pues ve con ellas. 
—Lo haré —dijo con crueldad—. Cuando vuelva a Londres, voy a montar una orgía 
que no terminará hasta que detengan a alguien. Pero mientras tanto, ¿de verdad 
esperas que durmamos juntos esta noche, y mañana por la noche, y seamos tan castos 
como unas monjas de vacaciones? 
—A mí no me supondrá ningún problema —dijo Evie con cautela, consciente de que lo 
ofendía gravemente. 
La mirada incrédula de Sebastian podría haber perforado las sábanas. Masculló una 
retahila de palabras que ampliaron considerablemente la lista de blasfemias que su 
esposa conocía, dejó caer la toalla y se volvió para apagar la lámpara. 
—No le prestes atención —dijo al meterse en la cama en referencia a su erección, 
consciente de que Evie la miraba intranquila—. A partir de ahora, tenerte cerca 
afectará a mis partes íntimas tanto como nadar un buen rato en un lago siberiano. 




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